martes, 1 de marzo de 2011

Crónica del 17 de junio / Mundial

Para TEA
17/06/10

Crónica de quienes llegamos siempre tarde

El mundial ataca nuestros cerebros y moviliza nuestros sentimientos, aunque uno no sea muy futbolero. La noche anterior al primer partido de la selección en primera fase, contra Nigeria, no había dormido nada. Cuatro horas después de acostarme sonó el despertador y salté de la cama dejando a mi compañera dormir, para irme a lo de un amigo a ver el partido. La mañana era muy nublada y bastante fresca pero no sólo había aroma a lluvia, había algo más. Caballito suele ser muy tranquilo los sábados a esa hora, pero ese día se escuchaban desde lejos las trompetas de cancha y los bocinazos de los automovilistas que viajaban hacia alguna pantalla con el mismo fin que yo: ver a la selección argentina derrotar a la africana.
     Me subí a la moto rumbo a Belgrano y en el camino se iba sintiendo cada vez más la presión de tener que llegar a tiempo. No sólo yo estaba apurado; otros conductores iban cambiando los ritmos alegres de sus bocinas por timbres más largos y algún insulto a quien no despabilaba. Pero con esos malhumores de algunos contrastaba la alegría de quienes iban caminando con bebes en andas, con su pareja de la mano o entre amigos, buscando un bar o la casa que lo albergara. Argentina ganó 1-0 y después de festejar con la gente querida, ya quería volver a dormir un poco más. Era sábado y reinaba la tranquilidad, la felicidad y el nerviosismo en el aire.
     No fue lo mismo en el segundo partido, contra Corea del Sur. Esa mañana me desperté en Palermo, en mi casa, también con sueño, pero el habitual. El jueves fue un día más soleado, me vestí, agarré la moto y me fui al trabajo.
El clima ya no era tan relajado como el sábado del primer partido. Muchos, como yo, debían ver el partido en sus lugares de trabajo así que se despertaron antes para no perderse ni un minuto de la transmisión. El tráfico era denso, las caras de todos y cada uno decían: “Tengo que llegar a tiempo”, y tocaban bocinas, corrían en la calle o golpeaban sus pies contra el piso, esperando a que corte rápido el semáforo.
Cada uno habrá llegado o no a ver el pitido inicial; yo por suerte sí, 10 minutos antes. Fui a mi escritorio, me saqué la campera, preparé el mate y bajé al salón donde proyectaban el partido. Ya había mucha gente, y poco a poco fueron cayendo otros menos afortunados mientras los equipos ya se enfrentaban en la cancha. Uno a uno, todos gritamos los cuatro goles. Jefes y empleados, los de seguridad, los de limpieza, los administrativos, los funcionarios, todos gritamos cuatros veces “Gooool”, y una vez golpeamos la mesa con fuerza y rabia por el gol injusto que nos metieron los surcoreanos. Terminó el partido y el de limpieza a limpiar, el de seguridad a cuidar, el jefe a mandar y nosotros hacia nuestras computadoras. Hasta el próximo partido, no creo que vayamos a volver a abrazarnos todos juntos de la misma manera.
Por Matías F. Nielsen
Corregido por Gabriela Ramos

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